Gritos por doquier. Consejeros histéricos alzaban la voz sobre los demás, como si el volumen fuera a resolver el desastre. Algunos médicos reales empujaban, forcejeaban, intentando llegar al cuerpo del príncipe con sus cofres de instrumentos inútiles, mientras otros corrían sin rumbo, como si el pánico fuera una orden silenciosa. Guardias con las espadas a medio desenvainar miraban confundidos entre proteger y huir.
Violeta no gritó.
No corrió.
No lloró.
Se quedó inmóvil unos segundos, como si