Nuestras miradas permanecieron fijas por un momento que quizá fue más largo de lo que creíamos, era bastante probable que hubiésemos perdido la noción del tiempo. El silencio reinaba hasta que ella abrió unos pocos milímetros sus labios para romper el sosiego nocturno.
— Nos encontramos en una situación complicada, lamento haberme fijado en usted aun sabiendo de su relación con… la señorita Greco —mantenía su rostro bajo, llena de vergüenza.
— No tiene nada por lo que disculparse, soy yo quien