Diogo Almeida
Enciendo otro cigarrillo; mis manos están temblorosas, tal como todos los malditos días desde que llegué a México. Estoy encerrado y no paso de esta maldita cama.
Me odio a mí mismo, odio este maldito país, odio estar aquí; yo no pedí esto, yo no pedí ser parte de algo que no conozco. ¿Cómo demonios fui a caer tan bajo?
La pierna me duele; el medicamento no es tan eficiente como dice aquel carnicero que se hace llamar médico.
De entre todas las cosas que odio en este momento, o