LYRA
Las puertas de la habitación se cerraron con un golpe seco, dejando fuera el peso de los tratados, las cicatrices de la guerra y los susurros de los ancianos.
Darian no me dejó tocar el suelo. Sus manos, anchas y calientes como brasas, me sostenían firme por los muslos contra su cintura mientras sus labios devoraban los míos con una necesidad contenida durante tres días de pura extenuación. El sabor de su boca era mi único refugio verdadero, una mezcla de menta salvaje, piel y ese aroma a