DARIAN
El sol de la tarde filtraba sus últimos rayos dorados por el gran ventanal, iluminando el desorden de sábanas y pieles sobre la cama.
Tras la tregua del año —un acuerdo que me había costado sangre, sudor y el orgullo de Fenrir—, la tormenta de la discusión se disipó para dar paso a un encuentro infinitamente más lento, profundo y devastador. Lyra descansaba sobre mi pecho, con el cabello oscuro desparramado sobre mi piel y una pierna enredada entre las mías. Su respiración era pausada, e