DARIAN
La lluvia golpeaba el techo del dormitorio con el ritmo incesante de un tambor de guerra, pero dentro de la habitación el aire era puro fuego. La adrenalina de la victoria, la caza perfecta y semanas de contención brutal colapsaron en el preciso instante en que cruzamos el umbral de mi puerta y eché el cerrojo.
Solo existíamos nosotros, empapados, respirando con la urgencia de dos bestias que habían roto al fin las cadenas.
—A la ducha. Ahora —le ordené, con la voz tan rasposa que apenas