—Ni siquiera puedes dejar de hablar mientras comes.
María le lanzó una mirada a Daniela, soltando un suspiro de alivio. Sus dedos cálidos e inconscientes acariciaron su rostro ardiente.
Sin necesidad de mirarse en el espejo, María podía imaginar que en ese momento sus mejillas debían estar tan rojas que no se podían mostrar en público. Inevitablemente, la imagen de él diciendo esas palabras apareció en su mente, sus labios delgados curvándose en una sonrisa fría y traviesa.
María miró el reloj d