María se hundió lentamente en la desesperación, con los ojos cerrados, preparándose para recibir la fuerte bofetada que el fornido hombre de negro le lanzaría con saña.
Sin embargo, después de esperar en silencio una y otra vez, la esperada bofetada no llegó a su rostro.
Al instante, María escuchó un quejido de dolor proveniente de la boca del hombre y, sorprendida, abrió los ojos...
Vio que el brazo con el que el hombre de negro se disponía a golpearla había sido hábilmente interceptado por un