—¡¿De qué tener miedo?! ¿Acaso los tres no somos capaces de enfrentarnos a un despreciable como él?
Santiago sacudió sus piernas con desdén, se rió con desprecio: —En el peor de los casos, arriesgaré mi vida. Mañana cargaré una ametralladora y entraré a la mansión de los Sánchez, ¡ratatatá, los barreré a todos!
—¡ Basta ya!
Luis no pudo soportarlo más, agarró una botella de licor abierta y la metió de repente en la boca incesante de Santiago, logrando que ese cerrara su boca parlante.
Manuel fru