Después de tanto tiempo, todavía no podía olvidar la enorme sombra que él le trajo esa noche. Manuel finalmente comprendió lo que significaba cavar su propia tumba.
—No tengas miedo, nunca te haré daño de nuevo.
La voz del hombre, suave y seria, se deslizó en los oídos de María de manera pulsante, conmoviendo silenciosamente su corazón temeroso.
Ella levantó la cabeza y vio los profundos ojos del hombre fijos en ella, tan oscuros como la noche. En esos dos pequeños puntos, estaba reflejada toda