Manuel entrecerró sus estrechos ojos, levantó la mano y acarició suavemente el brazo magullado de María, preguntándole en voz baja: —¿Todavía te duele? Si no mucho, vamos a cenar primero.
María bajó la cabeza para mirarse a sí misma, despeinada y sucia, con el vestido hecho jirones y sin cubrir su cuerpo, luciendo extremadamente desaliñada.
Ella negó con la cabeza: —Voy a volver y cambiarme de ropa primero.
No podía permitirse presentarse a cenar con él luciendo tan desaliñada, no sabía cuántas