No sé cuánto tiempo pasó, pero yo seguía viendo su mano acariciar la mía. Me hacía sentir tan bien.
Tomó mis manos entre las suyas y apretó un poco.
—¿De verdad no existe una mínima posibilidad? —Preguntó con tristeza.
—No dejaré a mi esposo por ti, Max. —Quité poco a poco mi mano y la coloqué en mi regazo.
—Entonces déjalo por otras razones, podrías hacer eso y darme una oportunidad. —Sonrío pícaro.
—¿Qué te hace creer que funcionaría algo entre nosotros? Soy tu jefa, soy mucho mayor que