Clary no se durmió pronto.
Después de cerrar la puerta, se quedó apoyada en la madera durante un largo rato, con los dedos todavía recordando el roce mínimo de los nudillos de Jack y la frase clavada en el pecho como una brasa:
Si te beso ahora, voy a entrar.
No había amenaza en esas palabras.
Eso era lo peor.
Había deseo. Había cuidado. Había una verdad tan desnuda que le seguía erizando la piel cada vez que la repetía en silencio.
Se apartó de la puerta y caminó despacio hasta la cama. La hab