No dormí.
Ni un minuto.
Me quedé en la terraza mucho después de que Clary se marchara, con el frío de la noche pegado a la camisa y el sabor de su boca todavía atravesándome la cabeza como una mala decisión repetida en bucle.
Fue un error.
Un error limpio, claro, imposible de justificar.
No por ella.
Por mí.
Por todo lo que se movió dentro de mí en un segundo que no debí permitirme.
Besarla no fue impulso solamente. Ese es el problema. Si hubiese sido un arrebato torpe, una estupidez nacida del