No se escucha más que el sonido del viento agitando las copas de los árboles. A cada paso que dan aparecen más de esos ojos custodiando su andar.
Aquel ascenso se siente eterno y las piernas de los muchachos están agotadas después de una considerable cantidad de escalones. Al fin y al cabo, en sus normales vidas, no hacían más que pegarse a una pantalla, cosa que ya están lamentando.
Robert es el primero en pisar la planicie de la cima, aquella en donde se levanta la pequeña cueva del oráculo.