Las películas infantiles se habían terminado, y el pequeño Nicolás yacía durmiendo en la enorme cama que pertenecía a su padre mientras este lo arropaba y notaba aquella hermosa sonrisa infantil que se le dibujaba en los labios. Se preguntaba que tipo de sueño estaba teniendo, y si era tan maravilloso que le permitía sonreír entre sueños.
Adara se había salido a caminar por los jardines, quizás, para tomar algo de aliento después de haberle robado aquel beso que le correspondió con intensidad.