Un simple juego de supervivencia, me dije a mí misma, repitiéndomelo como un mantra mientras me apretaba la tela alrededor del cuerpo, tratando de no pensar en lo que estaba a punto de hacer.
Cuando salí del baño, la luz de la lámpara de la mesilla se filtraba por toda la habitación. Sebastiano no estaba en el interior. Su ausencia, extrañamente, me pareció más peligrosa que su presencia. Pero entonces, al escuchar un leve crujido en el suelo, lo supe. Él estaba ahí.
—¿Me vas a ignorar toda la