Me había repetido más de treinta veces que las palabras de Alessandra no debían importarme. Se había mostrado tan satisfecha al pronunciarlas, tan convencida de que había logrado herirme, pero la verdad es que esto con Sebastiano era una farsa. Yo era una impostora, una intrusa en su vida, y no debía permitir que sus comentarios me afectaran. Sin embargo, lo hicieron. Me hicieron pasar el resto de la velada con los nervios crispados, intentando disimular el temblor en mis manos y reprimiendo la