—¿Ya estás lista? —escuché la voz de Sebastiano del otro lado de la cortina, y un escalofrío recorrió mi espalda.
—Sí, ya… ya terminé —dije, dudando un instante, antes de abrir la cortina lentamente.
Sus ojos me recorrieron de arriba a abajo con una mirada intensa, calculadora, como si estuviera evaluando no solo el vestido, sino cada parte de mí. Sin decir nada, simplemente asintió con aprobación. A mi alrededor, las dependientas seguían su ejemplo, asintiendo también, casi como si recibieran