Flávia narrando
Las palabras de él flotaron en el aire como una promesa. “Te amo.” Tres sílabas que derrumbaron todos mis muros. Quedé paralizada, la garganta seca, los labios temblorosos. Rafael Hawthorne —el hombre que comandaba imperios con una mirada, que cargaba cicatrices invisibles tan profundas como las mías— estaba allí, frágil, humano, mío. Sus ojos ámbar no pedían perdón, ni explicaciones. Solo esperaban.
Él inclinó el rostro, los dedos entrelazados en mi cabello como si temiera