A la mañana siguiente, a las ocho, despertaron a Bonifacio diciéndole
que deseaba verle un señor sacerdote.
--¡Un sacerdote a mí! Que entre.
Saltó de la cama y pasó al gabinete contiguo a su alcoba; no puede
decirse a su gabinete, pues era de uso común a todos los de casa.
Atándose los cordones de la bata saludó a un viejecillo que entraba
haciendo reverencias con un sombrero de copa alta muy grande y muy
grasiento. Era un pobre cura de aldea, de la montaña, de aspecto humilde
y aun miserable.