Dio expresivas muestras de gratitud al zapatero, que se ofreció a
acompañarle a su casa y salió, sacando fuerzas de flaqueza, a paso
largo, sin saber adónde iba. «Yo debía tirarme al río», se dijo. Pero
enseguida reflexionó que ni por aquella ciudad pasaba río alguno, ni él
tenía vocación de suicida. Pasó junto al café de la Oliva, donde solía
tomar Jerez con bizcochos algunos domingos, al volver de misa mayor, y
el deseo de un albergue amigo le penetró el alma. Entró, subió al primer
piso, que