Años después, recordando aquel golpe de audacia, para el cual sólo el
amor podía haberle dado fuerzas, lo que más admiraba en su temeraria
empresa era el piquillo de su pretensión, los doscientos reales en que
su demanda había excedido a su necesidad. «¿Por qué pedí mil reales en
vez de ochocientos?». No se lo explicó nunca.
Juan Nepomuceno miró, sin contestar, a su afín. ¡Mil reales! Aquel
mentecato se había vuelto loco.
--Sí, señor, mil reales; y no hace falta que mi mujer sepa nada; yo se
lo