—¡Cómo te has vuelto un imbécil! —exclamó Kevin, mientras observaba a Albert con ojos furiosos
—Di lo que quieras, pero es mi última palabra, me divorciaré de Anya, y renunciaré a mi herencia.
Las manos de Kevin sostuvieron el cuello de la camisa.
—¡Eres un imbécil, un perfecto imbécil!
—¡Suéltame! quítame tus manos de encima.
Albert lo empujó, hasta hacerlo caer al suelo.
—¡¿Quién te crees que eres?! Esa herencia no tiene nada que ver contigo, tío, ¿Lo recuerdas? Tú nunca has tenido dinero, no