Russell y Victoria fueron hasta el yate, donde les esperaba, luego de pasear por la playa, una deliciosa cena, y navegar a través del mar.
Era un yate lujoso, propiedad de Penélope.
—Es hermoso, nunca subí a uno —dijo ella con ojos curiosos.
Él sonrió.
—Pues, entonces, te traeré cada sábado, será nuestro día especial.
Ella sonrió, él besó sus labios, amaba hacerlo con naturalidad, de pronto, sintió como si hubiesen roto una barrera entre los dos, todo lo que los separaba, parecía desvanecer