Amber Whyte.
Mi cuerpo se tensó, presa del pavor.
Cuando dio esos pasos peligrosos, asfixiándonos con su penetrante aroma a grosella negra que emanaba en oleadas, todo en mí se paralizó.
La respiración. La garganta. Incluso el estómago se me revolvió.
Un dolor sordo me atravesó el pecho, como si mi corazón hubiera dado un vuelco.
¡Dios mío!
Me quedé paralizada, con la mirada fija en sus ojos color ónix salpicados de motas plateadas, esperando su próximo ataque.
Pero en un instante… todo cambió.