(Narrado por Iker Moretti)
La intensidad del beso nos dejó a ambos sin aliento en mitad del cubículo del baño ejecutiva. El aire que compartíamos sabía a la sal de sus lágrimas, al hierro sutil de su labio partido y a esa lujuria salvaje, casi criminal, que siempre estallaba cuando mi masculinidad dominante chocaba contra su necesidad de ser poseída. Rompí el contacto de nuestras bocas de un tirón, pero no la liberé.
Dejé escapar un jadeo ronco, sintiendo que el pecho me subía y bajaba con una