MI mujer

—¿Terminaste de decir estupideces, Gabriella? —mi voz bajó a un registro tan grave que pareció nacer del suelo, una caricia prohibida y oscura que la hizo estremecer a pesar del pánico.

Ella parpadeó, asustada por mi falta de agresividad verbal, con la respiración entrecortada golpeando mi corbata de seda negra.

—Escúchame bien &mdash

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