Mundo ficciónIniciar sesiónEl taxi se detuvo frente a la casa cuando el cielo apenas empezaba a clarear, con esa luz azulada y fría que precede al amanecer. Elisa pagó al conductor con manos que aún no terminaban de dejar de temblar y entró procurando no hacer ruido, como si las paredes de su propia casa pudieran juzgarla.
Subió directo a su habitación y cerró la puerta con el mismo cuidado silencioso con el que había cerrado, horas antes, la puerta de aquel cuarto de hotel. Se quitó los zapatos, dejó caer el abrigo sobre la silla y se detuvo frente al espejo de cuerpo entero. Apenas se reconoció... Tenía el cabello suelto y despeinado, el maquillaje corrido en los bordes de los ojos, y en el cuello, apenas visible bajo la línea del vestido, una marca rojiza que no estaba ahí la noche anterior. Se llevó los dedos a la piel y la presionó suavemente, sintiendo un eco del calor que la había recorrido horas antes. No dolía. Al contrario, era casi un consuelo, una prueba de que lo vivido había sido real y no un sueño fabricado por su propia desesperación. Se quedó mirando su reflejo un largo rato, debatiéndose entre dos sensaciones que no sabía cómo conciliar. Por un lado, una calidez satisfecha, la certeza de haberse pertenecido a sí misma, aunque fuera por una sola noche, aunque fuera con un desconocido cuyo nombre jamás conocería. Por otro, una melancolía silenciosa que le apretaba el pecho, la conciencia de que aquello había sido un paréntesis, una isla fuera del tiempo, y que ahora tocaba volver a la corriente que la arrastraba hacia otra vida. —Fue solo una noche —susurró a su reflejo —Nada más. Se dio una ducha larga, dejando que el agua caliente le devolviera algo de claridad, y cuando bajó a desayunar, ya se había reconstruido la máscara de calma que llevaba usando desde que todo esto había comenzado. La tranquilidad no le duró mucho. Antes de las diez de la mañana, la casa se había convertido en un hervidero de actividad. Camionetas con el logotipo de una boutique de novias descargaban cajas enormes en la entrada; una decoradora hablaba por teléfono en el jardín, señalando dónde irían las carpas; sobre la mesa del comedor se desplegaban planos de la finca donde se celebraría la recepción, muestrarios de flores, catálogos de joyería. Elisa se sentó entre todo aquello como una espectadora ajena a su propia vida. Probó vestidos que otras manos habían elegido, asintió ante combinaciones de flores que apenas veía, firmó formularios sin leer del todo las letras. En un momento, la modista se arrodilló junto a ella para ajustar el corpiño de uno de los vestidos de prueba, y sus dedos fríos rozaron la piel desnuda de su espalda. Elisa se estremeció sin poder evitarlo, y por un instante absurdo, su cuerpo buscó en ese contacto algo que no estaba ahí, el calor de otras manos, más grandes, más firmes. La modista se disculpó, pensando que había apretado demasiado. Elisa solo negó con la cabeza, incapaz de explicar la verdadera razón. —¿Prefiere el encaje francés o el de Chantilly, señorita Méndez? —le preguntaron, y ella respondió con una frialdad practicada, una voz uniforme que no dejaba entrever nada de lo que sentía por dentro. Su padre la observaba de lejos, con una mezcla de gratitud y culpa que no se atrevía a nombrar en voz alta. Cada vez que sus miradas se cruzaban, Carlos bajaba los ojos primero, incapaz de sostener el peso de lo que le estaba pidiendo a su hija. Pasado el mediodía, mientras la decoradora discutía con la modista sobre el largo del velo, el teléfono de Elisa vibró sobre la mesa. Un número desconocido. Dudó un instante antes de contestar, apartándose hacia el pasillo para tener algo de privacidad. —¿Elisa? —Habla Bruno Varela. La voz era educada, tranquila, con ese tono pulido de quien ha sido entrenado desde niño para hablar en público sin cometer errores. Sonaba amable. Sonaba correcto. Y sin embargo, no despertó en ella absolutamente nada. —Buenas tardes —respondió, ajustando el tono a la misma formalidad —Me imagino que llama por lo de la boda. —Así es. Quería presentarme antes de que todo esto avance más —dijo él, con una risa breve y calculada—Sé que la situación es… poco convencional, pero espero que podamos llevarnos bien. No tengo intención de hacer esto más difícil de lo necesario para usted. Hablaron unos minutos más, sobre generalidades, sobre horarios y formalidades del evento. Bruno era cortés, incluso considerado en su manera de tratarla, pero cada palabra suya llegaba a los oídos de Elisa como si atravesara una capa de cristal. No había electricidad, no había ese peso en el aire, esa tensión que le había robado el aliento la noche anterior con solo una frase susurrada al oído. Cuando colgó, se quedó mirando la pantalla del teléfono un instante, comparando sin quererlo esa voz educada y distante con el timbre grave y profundo que aún resonaba en su memoria. Era como comparar el tibio calor de una lámpara con el de una hoguera. Uno cumplía su función. El otro la había quemado por dentro. Sacudió la cabeza, guardó el teléfono y regresó al comedor, donde la esperaban más muestras de tela y más decisiones que no sentía como propias. El resto del día transcurrió en una especie de niebla ordenada. Elisa cumplía cada tarea, sonreía cuando correspondía, agradecía cuando alguien elogiaba su elección, pero su mente escapaba una y otra vez hacia el mismo lugar, unos ojos oscuros como la medianoche, una voz que la había llamado "hermosa" sin saber su nombre, unas manos que habían sabido leer su cuerpo mejor que ella misma. Quería convencerse de que aquello no volvería a repetirse. Que había sido un regalo que se había dado a sí misma, un cierre simbólico a la libertad que estaba a punto de entregar. Que el hombre de la máscara de cuero negro seguiría siendo, para siempre, un desconocido sin nombre ni rostro completo, guardado en un cajón de su memoria que nadie más podría abrir. Cuando la noche volvió a caer sobre la ciudad, Elisa se recostó en su cama, agotada por un día que la había arrastrado entre telas, flores y voces ajenas. Faltaban pocos días para la boda. Pocos días para intercambiar su apellido, su libertad y buena parte de su vida por la salvación de todo lo que amaba. Cerró los ojos, y el sueño la arrastró hacia la sensación de unas manos grandes recorriendo su piel, una voz grave susurrándole al oído. Se quedó dormida con una sonrisa que no supo que tenía, sin saber que, dentro de muy poco, esa misma voz volvería a llamarla "hermosa" esta vez, con su verdadero nombre. El destino, silencioso y paciente, ya había comenzado a cerrar el círculo.






