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capítulo 3: La máscara y el destino

Los siete días que separaban a Elisa de la boda transcurrieron con una lentitud que le parecía interminable, pero también con una sensación de urgencia que le apretaba el pecho cada mañana al despertar. Por fuera, trataba de mantener la calma, respondía a las llamadas de los organizadores, probaba vestidos, elegía arreglos florales y fingía interesarse por cada detalle de una ceremonia que, en el fondo, sentía que no le pertenecía. Pero por dentro, su mente giraba en torno a una sola idea: aprovechar hasta el último segundo lo que le quedaba de libertad.

El mensaje del número desconocido seguía ahí, guardado en su teléfono, releído más veces de las que estaba dispuesta a admitir. «Todavía no sabes quién soy, pero yo ya lo sé todo sobre ti.» Había decidido ignorarlo. Fuera quien fuera, no iba a permitir que le arruinara la única noche que se había prometido a sí misma.

Había investigado durante dos días seguidos, preguntando con discreción entre conocidos y revisando información en internet, hasta dar con el lugar perfecto, el Umbral, un club exclusivo ubicado en el piso superior de uno de los edificios más altos del centro financiero de la ciudad. Se decía que era un refugio para personas que buscaban privacidad absoluta; allí no se pedían nombres, no se hacían preguntas y nadie revelaba la identidad de nadie. La única regla era el anonimato, garantizado por un código de vestimenta que incluía el uso obligatorio de máscaras durante toda la estancia.

Era justo lo que necesitaba. Un espacio donde pudiera ser otra persona, sin el apellido Méndez, sin las deudas, sin el contrato que pesaba sobre sus hombros. Solo una mujer, con deseos y decisiones propias.

La noche elegida llegó envuelta en una bruma suave que cubría las calles y apagaba el brillo de las farolas. Elisa se preparó con una dedicación que no había puesto en nada en semanas, sacó del fondo de su armario un vestido de seda negra, de corte ajustado que delineaba cada curva de su cuerpo, con escote moderado pero lo suficientemente sugerente para despertar miradas. Se maquilló con tonos oscuros que resaltaban la intensidad de sus ojos, y sobre su cabello recogido en un moño alto, colocó una máscara de encaje negro, delicada pero firme, que cubría su frente, sus pómulos y terminaba justo sobre sus labios, dejando al descubierto solo la parte inferior de su rostro.

Se miró al espejo largo de su habitación y apenas se reconoció. La mujer que veía reflejada no parecía la hija de un empresario al borde de la ruina, ni la futura esposa de un desconocido. Parecía alguien libre, misteriosa, dueña de cada uno de sus pasos.

—Esta noche es solo mía —susurró a su reflejo, como si quisiera sellar esa promesa antes de salir.

Llegó al club en un taxi, bajó en la entrada discreta y fue recibida por un portero que apenas le dirigió una mirada, comprobó que llevaba la máscara y le indicó el ascensor privado. Al subir, el sonido de la ciudad se fue desvaneciendo y fue sustituido por una música suave, envolvente, de ritmo lento y sensual.

Las puertas se abrieron y Elisa entró en un ambiente que parecía sacado de otro mundo. Las luces eran tenues, en tonos ámbar y rojo oscuro, proyectando sombras largas sobre las paredes tapizadas de terciopelo. Había pocas personas, todas con máscaras de distintos diseños, hablando en voz baja o bebiendo en rincones apartados. Nadie la miraba con curiosidad, nadie se acercaba sin invitación; reinaba una atmósfera de respeto, pero también de tensión contenida, como si todos estuvieran esperando algo o a alguien.

Se dirigió a la barra, pidió una copa de vino tinto y se apoyó en el mostrador, dejando que su mirada recorriera el lugar sin fijarse en nadie en particular. No buscaba nada, se repetía a sí misma. Solo quería sentir la sensación de no tener obligaciones, de no tener que responder a nadie.

Pero el destino tenía otros planes. A los pocos minutos, sintió una presencia a su lado. No era una presencia cualquiera; irradiaba una fuerza silenciosa, una autoridad que se notaba incluso sin ver bien el rostro. Elisa giró la cabeza lentamente y sintió que el aire se le quedaba atrapado en los pulmones.

Frente a ella estaba un hombre de estatura imponente, con hombros anchos que llenaban el espacio, vestido con un traje de color gris oscuro de corte impecable, que parecía haber sido hecho a medida para su cuerpo. También llevaba una máscara, pero la suya era de cuero negro, más sobria y estricta, que le cubría la mitad superior del rostro y dejaba al descubierto solo su mandíbula marcada, sus labios firmes y unos ojos oscuros, profundos como la medianoche, intensos y penetrantes, como si pudieran atravesar cualquier barrera y leer lo que había en su interior.

Era Alejandro Varela... El patriarca del imperio, el hombre que realmente controlaba todos los hilos del Grupo Varela, estaba allí esa noche buscando también escapar de su propia realidad. Para el resto del mundo era el hombre más poderoso y respetado del país, pero en su vida privada, sentía que la riqueza y el poder le habían quitado la capacidad de saber si alguien se acercaba por él o por lo que tenía. Por eso, de vez en cuando, acudía a ese lugar, donde nadie sabía quién era, donde podía ser simplemente un hombre, sin títulos ni apellidos. Ninguno de los dos podía imaginar cuánto se iba a arrepentir el destino de haberlos sentado a la misma barra.

—¿Está ocupado este sitio? —preguntó él con una voz grave, un barítono que pareció vibrar en el pecho de Elisa apenas lo escuchó.

Ella tardó un instante en responder, recuperando el aliento.

—No, es libre.

Él se sentó a su lado, pidió una copa de whisky puro y no habló más durante unos minutos. Pero no hacía falta hablar; la tensión entre ambos crecía en el silencio, palpable, magnética. Sus miradas se cruzaban una y otra vez, se sostenían unos segundos más de lo normal y se apartaban, solo para volver a buscarse de inmediato. Elisa sentía cómo su piel se erizaba bajo esa mirada, cómo un calor desconocido le recorría la espalda y le subía por el cuello. Nunca en su vida había sentido una atracción tan inmediata, tan irracional y poderosa.

—No parece que sea la primera vez que viene —comentó él finalmente.

—Al contrario —respondió ella, intentando que su voz no temblara —Es mi primera vez aquí. Solo quería… pasar un rato en paz.

Alejandro esbozó una sonrisa apenas perceptible, una sonrisa que tenía algo de peligroso y algo de fascinante.

—Entonces ha elegido bien —dijo —Aquí la paz es absoluta, siempre que uno quiera —Bajó la mirada un instante hacia sus manos, luego volvió a clavar sus ojos en los de ella —Y si quiere algo más que paz, también lo encontrará.

Las palabras no fueron dichas con grosería ni con prisa, pero llevaban una insinuación tan clara que Elisa sintió que el corazón le daba un vuelco. Sabía que debería alejarse, que aquello era una locura, que estaba a punto de casarse en menos de una semana. Pero por primera vez en mucho tiempo, decidió dejar de pensar en las consecuencias y escuchar solo lo que su cuerpo le pedía.

—¿Y usted? —preguntó ella —¿Qué busca aquí?

—Lo mismo que usted, creo —respondió él, acercándose un poco más, reduciendo la distancia entre ambos hasta que Elisa podía sentir el calor de su cuerpo y el aroma a madera fina y perfume caro que desprendía —Algo que no tenga nombre, ni pasado, ni futuro. Solo el presente.

Esa frase fue como un puente que los unió. No necesitaban saber quiénes eran, ni de dónde venían, ni qué les esperaba al día siguiente. Solo importaba ese instante, esa conexión que no podían explicar pero que no podían negar.

Alejandro extendió una mano, grande y firme, y la ofreció a ella sin decir nada más. Elisa miró esa mano, y luego volvió a mirar sus ojos oscuros. Sin dudarlo más, posó su mano pequeña sobre la suya. El contacto fue como una descarga eléctrica que recorrió cada centímetro de su piel.

—Si me sigue —susurró él, inclinándose hasta que sus labios quedaron a escasos centímetros de su oreja —le prometo que esta noche no la olvidará jamás.

Elisa asintió en silencio, incapaz de pronunciar palabra. Se levantó de la barra, y él la guio por un pasillo alfombrado y poco iluminado, hasta llegar a una puerta de madera oscura que abrió con una llave que sacó de su bolsillo. Al entrar, encendió solo una luz tenue que iluminó una habitación amplia, con una cama cubierta de sábanas de satén blanco, cortinas gruesas que no dejaban pasar nada del exterior y un silencio absoluto.

La puerta se cerró a sus espaldas con un sonido suave pero definitivo, como si cerrara también el mundo entero que quedaba fuera.

Antes de que la última luz se apagara, Elisa alcanzó a ver algo brillar sobre la mesita junto a la cama: unos gemelos de plata que él se había quitado, grabados con un pequeño escudo. Un escudo que le resultó extrañamente familiar, aunque no supo decir por qué, ni tuvo tiempo de pensarlo más.

Allí, en esa penumbra, bajo la protección de dos máscaras que ocultaban sus identidades, empezaba algo que ninguno de los dos había planeado, pero que cambiaría el curso de sus vidas para siempre.

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