La luz de la mañana entró por las cortinas entreabiertas con una claridad que a Elisa le pareció casi cruel. Llevaba despierta desde antes del amanecer, tumbada en la cama, mirando el techo, escuchando el silencio extraño que se había instalado en la casa. No era un silencio de paz, sino de contención, como si toda la casa estuviera conteniendo la respiración junto a ella. Se levantó despacio, con el cuerpo pesado por una noche de sueño irregular, y caminó hasta la ventana. Afuera, el jardín lucía impecable, preparado para las fotografías previas que se tomarían antes de partir hacia la residencia Varela. Todo estaba listo. Todo, excepto ella. Se duchó en silencio, dejando que el agua le recorriera la piel sin prisa, como si quisiera alargar cada segundo de esa mañana, sabiendo que sería la última en que despertaría siendo, oficialmente, solo Elisa Méndez. Cuando salió, encontró sobre la cama el vestido de novia, extendido con un cuidado casi religioso por la modista, seda blanca, e
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