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capítulo 4: Una noche sin nombres

La puerta se cerró con un clic suave, pero ese sonido resonó en el pecho de Elisa como si sellara un pacto irrompible. Al instante, el ruido lejano de la música y las voces del club desapareció por completo, dejando paso a un silencio cargado de electricidad, donde solo se escuchaban las respiraciones aceleradas de ambos.

La habitación estaba bañada por una luz tenue y cálida, que se filtraba a través de una lámpara de cristal colocada en una mesa lateral, proyectando sombras largas y suaves sobre las paredes tapizadas de terciopelo oscuro. En el centro, una cama amplia cubierta con sábanas de satén blanco invitaba al reposo, pero también a algo mucho más intenso y prohibido. El aire olía a madera fina, a perfume masculino y a un ligero aroma a jazmín que parecía desprenderse de las cortinas.

Alejandro se quedó de pie frente a ella, inmóvil, observándola con esa mirada oscura y penetrante que hacía que el corazón de Elisa latiera con una fuerza que casi le dolía. No se apresuró, no dio un paso más todavía; parecía querer asegurarse de que ella realmente deseaba estar allí, de que no había duda ni miedo en su decisión.

—Aquí no hay nombres, ni apellidos, ni obligaciones —dijo, su voz vibrando en el silencio como algo físico —Solo lo que tú quieras dar y lo que yo quiera tomar. Si en cualquier momento deseas irte, solo tienes que decirlo y te dejaré salir sin preguntas. Pero si te quedas… seré yo quien te enseñe lo que significa realmente desear y ser deseada.

Elisa sintió cómo sus piernas temblaban levemente, pero no por miedo, sino por una mezcla de nervios y una excitación que nunca había experimentado. Negó con la cabeza con firmeza, alzando la barbilla para mirarlo a los ojos con valentía.

—No quiero irme —susurró, y su voz sonó más segura de lo que esperaba —Esta noche es mía. Y quiero vivirla sin arrepentimientos.

Esa respuesta fue todo lo que él necesitaba. Con un movimiento lento y deliberado, dio un paso hacia ella, reduciendo la distancia hasta que sus cuerpos casi se rozaban. Levantó una mano grande y firme, y con dedos suaves pero decididos, acarició el borde de su máscara, deslizándola hacia arriba con cuidado hasta que cayó sobre su cabello recogido.

Se quedó mirándola un instante eterno, como si necesitara memorizar cada rasgo antes de continuar. Luego, sin prisa, se llevó las manos a su propia máscara y la deslizó hacia arriba, revelando por completo su rostro.

Elisa contuvo el aliento. Rasgos marcados, mandíbula definida, una cicatriz pequeña y casi invisible sobre la ceja izquierda, labios carnosos entreabiertos, y unos ojos que, sin la barrera del cuero, brillaban con una intensidad que la dejó momentáneamente sin palabras. Él también la observaba a ella con la misma fascinación, como si el rostro que tenía delante fuera mejor que cualquiera de sus imaginaciones.

—Ahora sí —murmuró él, y sin esperar más, inclinó la cabeza y unió sus labios con los de ella.

El beso fue intenso, exigente y a la vez dulce al principio. Alejandro tomó su rostro entre sus manos, sujetándola con una fuerza que la hacía sentir protegida pero también dominada. Sus labios se movían sobre los de ella con experiencia, abriéndose paso suavemente hasta que sus lenguas se encontraron en una danza lenta y apasionada. Elisa rodeó su cintura con los brazos, pegándose a su cuerpo, sintiendo la solidez de su pecho, el ritmo acelerado de su respiración y cómo un calor ardiente se extendía desde su vientre hacia cada rincón de su piel.

Poco a poco, sus manos comenzaron a recorrer el cuerpo del otro, despojándose de las prendas sin prisa, como si quisieran saborear cada instante. Alejandro deslizó los dedos por la espalda de Elisa hasta encontrar el cierre de su vestido, abriéndolo despacio mientras sus labios bajaban por el costado de su cuello, dejando un rastro húmedo y cálido que le arrancó un suspiro tembloroso. Al caer la prenda al suelo, quedó expuesta ante él, y él la miró con una expresión de admiración y posesión que le hizo estremecerse.

—Eres hermosa —susurró contra su piel, y sus manos grandes se deslizaron por sus hombros, sus brazos, sus pechos, acariciando cada curva con una destreza que le hacía perder la razón.

La guió hasta la cama, haciéndola recostarse suavemente sobre las sábanas frescas, y se colocó sobre ella, apoyando su peso sobre los antebrazos para no aplastarla, pero manteniendo su cercanía absoluta. El roce de su piel contra la de ella, el peso justo de su cuerpo, el sonido bajo de su respiración junto a su oído, todo se mezclaba en una misma sensación, imposible de separar en partes. Sus besos bajaron por su cuello, entre sus pechos, recorriendo cada centímetro de su torso, mientras sus manos acariciaban sus caderas, sus muslos, abriéndola con suavidad pero con firmeza, explorando lugares que ella misma apenas conocía.

Elisa soltaba suspiros entrecortados, gemidos suaves que no podía contener a medida que el placer iba creciendo en su interior. Nunca había sentido nada igual; cada roce, cada caricia, cada palabra susurrada en su oído le llevaba a un nivel de sensaciones que superaba cualquier fantasía que hubiera tenido. Alejandro sabía exactamente dónde tocar, cuánta presión aplicar, cuándo acelerar y cuándo detenerse, llevándola al límite una y otra vez antes de permitirle caer en la plenitud.

Cuando finalmente se unieron, el movimiento fue lento al principio, profundo y lleno de conexión, como si sus cuerpos se hubieran buscado toda la vida. Luego, el ritmo se aceleró, impulsado por el deseo desenfrenado que los dominaba a ambos. La habitación se llenó de sonidos de respiraciones agitadas, de suspiros y de gemidos que se mezclaban en la oscuridad. Elisa se aferraba a sus hombros, clavando las uñas en su espalda, mientras él la sostenía con fuerza, marcando cada embestida con un gruñido bajo, demostrando que ella era suya, al menos por esa noche.

El placer estalló en ella como una ola ardiente que recorría todo su cuerpo, haciéndola arquear la espalda y gritar sin saberlo, sin saber realmente quién era él. Poco después, él también llegó al clímax, inclinándose sobre ella y enterrando su rostro en su cuello, respirando con dificultad mientras sus cuerpos seguían temblando por la intensidad del momento.

Permanecieron abrazados durante mucho tiempo, en silencio, recuperando el aliento, con la piel pegada y húmeda por el sudor. Elisa acariciaba distraídamente la espalda de él, sintiendo una paz y una plenitud que no había conocido antes, pero también una sensación de tristeza silenciosa, sabiendo que todo esto tenía fecha de caducidad.

Alejandro fue el primero en separarse un poco, apoyándose sobre un codo para mirarla a la cara a la luz tenue. Sus ojos ya no tenían solo deseo, sino también una intensidad nueva, como si esa noche hubiera despertado algo en él que no esperaba.

—Esto termina aquí —dijo finalmente, con voz más grave de lo habitual, aunque sin sonar frío —Sin nombres, sin números de teléfono, sin direcciones. Sin pasado y sin futuro. Solo esta noche. Mañana, cada uno volverá a su propia vida y no volveremos a cruzarnos.

Elisa sintió un nudo en la garganta, pero sabía que era lo correcto. Si mantenían el contacto, todo se volvería complicado, peligroso, y ella tenía un compromiso que cumplir. Asintió con la cabeza, apartando la mirada un instante.

—Estoy de acuerdo —respondió con voz suave — Solo fue una noche. Nada más.

Se vistieron en silencio, recuperando sus máscaras y su discreción, como si quisieran volver a ocultar no solo sus rostros, sino también lo que acababan de sentir. Alejandro abrió la puerta con cuidado, asegurándose de que no hubiera nadie en el pasillo, y le indicó el camino de salida por una escalera lateral, separada de la entrada principal.

Antes de que ella se fuera, él le tomó la mano una última vez, sus dedos entrelazados con los de ella por un instante breve pero cargado de significado.

—Que te vaya bien, desconocida —dijo él, con una media sonrisa que ocultaba mucho más de lo que decía.

—Igualmente, desconocido —respondió ella, devolviéndole la sonrisa con tristeza.

Luego, cada uno tomó un camino distinto. Elisa bajó las escaleras y salió a la calle, donde el aire frío de la noche la envolvió y le devolvió la sensación de realidad. Caminó hasta encontrar un taxi, y mientras se alejaba, pasó una mano por su piel, sintiendo todavía el calor de sus caricias, el recuerdo de sus besos y la huella indeleble que había dejado en su cuerpo y en su mente.

Se repetía a sí misma que era solo un recuerdo, un secreto que nadie sabría nunca, una última noche de libertad antes de aceptar su destino.

Justo cuando el taxi arrancaba, su teléfono vibró de nuevo. Otro mensaje, del mismo número desconocido:

«Espero que hayas disfrutado tu última noche libre, futura señora Varela. Yo también disfruté la mía.»

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