Atenas, Grecia.
Andreus sonreía de pie ante la mansión que conoció desde que tenía memoria, con la que soñó ser dueño algún día y no tener más competencia del se decía llamar el mejor de los Vasileiou. A su lado, su prometida, que pese a no quererla la necesitaba a su lado para formalizarse, para venderle a la prensa un hombre reformado y serio. No le interesaba el hijo que ella estaba esperando, ni siquiera podría asegurar que era suyo ya que nunca formalizó algo hasta que se dio la oportunid