Calista
Al anochecer volvimos al hotel para vestirnos y bajar a cenar en uno de los restaurantes de la zona, estaba tan hambrienta que ni siquiera me esmeré en arreglarme tanto. En veinte minutos ya estaba lista con mi bolso en mano, él salió detrás de mí sin apartar su mano de mi cintura, un gesto que no podía negar que me gustaba bastante.
—Bienvenidos, señores Vasileiou. Su mesa está por acá —nos recibió uno de los camareros en la entrada del restaurante. El sitio reservado era en una parte