Fue la maldita respuesta que recibí.
Hardin
Estacioné el coche. Estaba respirando hondo antes de entrar. Noté, tan pronto como abrí la puerta, que algo no estaba bien. Mi hija estaba en brazos de la niñera, que bajaba las escaleras.
—Dámela... —Miré a mi pequeña. Aún se frotaba los ojos, como si acabara de despertar.
—Estaba durmiendo. Sé que no es hora, pero estaba cansada...
—¡Está bien! —Volví a jugar con ella.
—Señor, estaba bajando para prepararle algo de comer. Aún no ha comido a esta hora.
—¿Oíste, hija? Papá va a hacer una