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—Parezco una ballena—, murmuró Helena mirándose en el espejo de pie. Al girarse para mirar la espalda, se le escapó un gemido. La tela le cubría el vientre y los pechos, y terminaba justo por encima de las nalgas. Parecía una prostituta. Le costaba respirar, y mucho más moverse, y los chicos, o bien sentían su desesperación o protestaban por la constricción; estaban más activos que de costumbre. Preguntándose en qué estaría pensando al elegir el vestido, se acercó a la silla del tocador, hacien
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