Evan se colocó entre sus piernas abiertas, sus ojos fijos en los de ella, temblorosos y llenos de un deseo que hacía temblar el aire.
Amanda, aún recuperándose del torbellino que su boca había desatado, extendía los brazos hacia él, el cuerpo desnudo brillando bajo la luz del salón. Su vientre enorme, redondo y firme, se alzaba entre ellos como un recordatorio vivo de todo lo que habían esperado, de todo lo que habían reprimido.
—Te deseo tanto que duele —confesó él de nuevo, la voz grave, ronc