Evan ayudó a Amanda a levantarse del sofá con cuidado, rodeándola con un brazo mientras ella se apoyaba en él, las piernas aún débiles por el torbellino de placer que habían compartido.
Ella rio bajito, un sonido cansado pero feliz, cuando sintió un escalofrío recorrerla.
—Tengo las piernas como gelatina —confesó, mirándolo con ojos brillantes—. Y hambre. Muchísima hambre.
Él sonrió, besando su frente.
—De tanto decir que tienes hambre, me ha dado hambre también. Primero el baño, lo necesitamos.