Evan sonrió con esa curva lenta y peligrosa en los labios, una sonrisa que era mitad triunfo, mitad puro alivio animal.
Semanas. Semanas enteras en las que Amanda se había hecho la fuerte, manteniendo las distancias, castigándolo —y castigándose a sí misma— con su ausencia física. Él lo había soportado como había podido: noches solitarias en las que su mano había sido el único consuelo, imaginándola, recordando su calor, el modo en que se arqueaba bajo él cuando iniciaron algo que nunca llegó a