Edgar esbozó una leve sonrisa al ver el rostro enfadado de su esposa. En ese momento, su expresión le resultaba aún más entrañable. Sobre todo porque su enfado se debía a que se preocupaba por él y se preocupaba por él.
«¿Por qué no dices nada? ¿No quieres prometerme nada?», preguntó Catalina con el ceño fruncido. Sin embargo, sus manos rodeaban con fuerza el brazo de Edgar.
Edgar se sentía cada vez más embelesado por su esposa; no podía resistirse a su actitud tan dulce.
«Me estás haciendo des