Catalina intentó soltar las ataduras, pero eran tan fuertes que le enrojecían las muñecas.
«¡Maldición! Estas ataduras están muy apretadas. Edgar no me dejará morir antes de dar a luz a este bebé», refunfuñó Catalina enfadada.
Catalina volvió a llorar, su vida le parecía muy dura. Incluso le resultaba muy difícil ser feliz. Ahora estaba atrapada con la familia Rodríguez, que solo la utilizaba para tener descendencia.
«Resulta muy doloroso. La gente pensará que soy una mujerzuela. Edgar no necesariamente me ayudará a vengarme, la prueba es que Rebecca ha podido escapar. Si esto es así, ¿para qué vivir?», murmuró Catalina.
La puerta de la habitación se abrió y, al ver que Catalina había recuperado el conocimiento, Edgar se apresuró a acercarse a ella.
«Lo siento, me vi obligado a atarte para que no te hicieras daño. Olvida lo de las noticias, Catalina, porque no son ciertas», dijo Edgar.
Catalina solo miró a Edgar por un instante y luego desvió la mirada con expresión ausente.
«Quien di