Mundo ficciónIniciar sesiónApenas tres días después de la tensa cena familiar, Elena despertó una madrugada con un dolor punzante en el vientre que la hizo incorporarse de golpe, sintiendo que un sudor frío le recorría inmediatamente la frente.
—Dante —logró decir, con la voz entrecortada, alcanzando el teléfono en su mesa de noche para llamarlo, aunque sabía que él dormía todavía en el ala opuesta de la mansión. Apenas segundos después, escuchó pasos apresurados acercándose por el pasillo, y Dante irrumpió en su habitación con una expresión de alarma genuina, todavía vestido con la ropa de dormir. —Elena, ¿qué sucede? —preguntó, sentándose de inmediato junto a ella en la cama, con una preocupación evidente en cada gesto. —Siento un dolor fuerte aquí —dijo Elena, llevándose una mano al vientre, con el rostro contraído por la molestia —Y me siento mareada, Dante, algo no está bien. —Vamos al hospital ahora mismo —decidió Dante, sin ninguna vacilación, levantándose de inmediato para ayudarla a incorporarse con una delicadeza que contrastaba enormemente con la urgencia evidente de sus movimientos —Llamaré al médico para que nos espere directamente en la sala de emergencias. Durante el trayecto hacia el hospital, Dante condujo con una tensión visible en cada músculo de su cuerpo, sosteniendo la mano de Elena con firmeza mientras ella intentaba respirar profundamente para controlar tanto el dolor físico como la ansiedad creciente. —Todo va a estar bien, Elena —repetía Dante, con una voz que buscaba transmitir una calma que, evidentemente, él mismo no sentía del todo —Ya casi llegamos. En cuanto llegaron al hospital, el equipo médico los recibió de inmediato, llevando a Elena hacia una sala de examinación mientras Dante permanecía en la sala de espera, con una ansiedad que se manifestaba en un paso constante de un lado a otro, incapaz de sentarse tranquilamente ni por un momento. —Señor Moretti —dijo finalmente la doctora, saliendo de la sala de examinación después de lo que a Dante le pareció una eternidad —su esposa está estable. Fue solamente una contracción prematura relacionada con el estrés y el cansancio acumulado de las últimas semanas. Con algo de reposo y cuidados adicionales, tanto ella como el bebé estarán completamente bien. Dante sintió que el alivio le recorría el cuerpo entero con una intensidad que casi le resultó abrumadora. —¿Puedo verla? —preguntó, con una ansiedad todavía evidente en su voz. —Por supuesto —respondió la doctora, guiándolo hacia la habitación donde Elena descansaba ya, conectada a un monitor que registraba tranquilamente los latidos del corazón del bebé. —Dante —dijo Elena, con una sonrisa cansada al verlo entrar, notando de inmediato la preocupación evidente que todavía reflejaba su expresión —Estoy bien, de verdad. Solo fue una contracción falsa, nada grave. —Me asustaste muchísimo, Elena —confesó Dante, sentándose junto a la cama y tomando su mano con una ternura que contrastaba enormemente con la tensión que había mantenido durante todo el trayecto hacia el hospital —Por un momento pensé que podríamos perder al bebé, o que algo terrible podría sucederte a ti. —Estamos completamente bien, Dante —aseguró Elena, apretando suavemente su mano —La doctora dice que probablemente fue el estrés acumulado de las últimas semanas, especialmente después de la tensión de la cena familiar y todo el asunto con Sofía y Bruno. Dante frunció el ceño, sintiendo una punzada de culpa evidente ante aquella explicación. —Debí haber sido mucho más cuidadoso protegiéndote de todas estas tensiones innecesarias —dijo, con una seriedad genuina —A partir de ahora, Elena, necesito que reduzcas considerablemente tu carga de trabajo, al menos hasta que nazca el bebé. —Dante, no necesito que me trates como si fuera de cristal —protestó Elena, aunque con una sonrisa suave que suavizaba considerablemente sus palabras —Fue solo una contracción falsa, no una emergencia real. —Elena, por favor, permíteme preocuparme por ti —insistió Dante, con una vulnerabilidad genuina que Elena reconocía cada vez con mayor frecuencia en él —Después de todo lo que ha sucedido durante los últimos meses, no soportaría la idea de perderte a ti, o a nuestro hijo, por no haber sido lo suficientemente cuidadoso con tu bienestar. Elena sintió que el corazón se le derretía ante aquella confesión, comprendiendo la profundidad genuina del miedo que Dante acababa de experimentar durante aquella noche. —Está bien, Dante —cedió finalmente, con una sonrisa cálida —Reduciré mi carga de trabajo durante las próximas semanas, y prometo descansar más de lo que probablemente debería. Los días posteriores, Dante se transformó en un esposo excesivamente protector, insistiendo en acompañarla a cada consulta médica, asegurándose personalmente de que descansara adecuadamente, e incluso reorganizando parte de su propia agenda empresarial para poder pasar más tiempo junto a ella durante las tardes. —Dante, de verdad, no necesitas revisar mi temperatura cada dos horas —protestó Elena, entre risas, cuando él insistió en tomarle la temperatura por tercera vez esa tarde, apenas tres días después del incidente en el hospital. —Solo quiero asegurarme completamente de que estés bien, Elena —respondió Dante, con una seriedad que contrastaba con la diversión evidente de Elena ante aquella preocupación excesiva. —Dante, aprecio muchísimo tu preocupación, pero si continúas así, vas a terminar generándome más estrés del que intentas evitar —dijo Elena, con una sonrisa cariñosa, tomando su mano para tranquilizarlo —Confía en mí, y confía en las indicaciones de la doctora. Estoy completamente bien, y el bebé también. Dante suspiró, reconociendo finalmente la validez de aquel comentario. —Tienes razón, Elena —admitió, con una media sonrisa —Es solo que, después de perder a Isabella de una manera tan repentina, la idea de que algo similar pudiera sucederte a ti me genera un miedo que a veces resulta difícil de controlar completamente. Elena sintió que aquella confesión revelaba, una vez más, la profundidad genuina de los sentimientos que Dante había desarrollado hacia ella, sentimientos que trascendían por completo cualquier acuerdo contractual inicial entre ambos. —Entiendo perfectamente ese miedo, Dante —respondió, con ternura —Pero te prometo que estoy aquí, que estoy completamente bien, y que juntos vamos a recibir a este bebé con toda la salud y la felicidad que ambos merecemos. Dante se inclinó hacia ella, besando suavemente su frente con una ternura que Elena sentía crecer día tras día entre ambos. —Te amo, Elena —dijo, finalmente, con una sinceridad absoluta que dejaba claro que aquellas palabras habían estado esperando el momento correcto para finalmente ser pronunciadas en voz alta. Elena sintió que el corazón le daba un vuelco de una felicidad genuina ante aquella confesión que ambos, de alguna manera, ya sabían que era verdadera desde hacía semanas, aunque ninguno se había atrevido completamente a nombrarla en voz alta hasta aquel momento. —Yo también te amo, Dante —respondió, con lágrimas de una felicidad genuina acumulándose en sus ojos —Más de lo que jamás imaginé posible sentir de nuevo, después de todo lo que viví con Bruno. Ambos permanecieron abrazados durante un largo momento, sintiendo que aquella confesión mutua finalmente consolidaba, de manera absolutamente definitiva, la transformación completa de su matrimonio, de un simple acuerdo práctico nacido de la necesidad, hacia un amor genuino y profundo que ninguno de los dos había anticipado encontrar nuevamente, pero que ahora, finalmente, ambos estaban dispuestos a abrazar por completo, sin ninguna reserva.






