Los ojos de Kyra se abrieron y vio un techo adornado con remolinos dorados que bailaban en la suave luz de la mañana. Ella permaneció inmóvil, respirando con dificultad por lo desconocido de todo. La cama no era suya: un mar de sábanas de seda y suaves almohadas la envolvían en un lujo que no recordaba haber sentido nunca. Su corazón se aceleró, bombeando niebla por sus venas donde debería estar la memoria.
—Ah, ya despertaste. —dijo una voz aterciopelada, suave como el vino tinto.
Kyra giró l