Me hervía la sangre del enojo. Estaba indignada por siempre ser maltratada por un hombre que trato con respeto. Estaba molesta porque siempre él pensaba mal de mí, me había encerrado, insultado y ahora ha manifestado delante de mi jefe que soy su propiedad o peor, que soy como las mujeres que acostumbra a frecuentar.
Una que, al parecer, no se comporta bien. Porque andaba buscando en la calle algo que tengo prohibido, cuando debo tener un collar que se une a una cadena esposada a la pared del pa