Dimitri estaba sentado en una silla de madera, con las manos apoyadas en las rodillas. El traje negro, arrugado. La corbata, floja.
—Señor Volkov, no hay nada que podamos hacer —reconoció el abogado, sin rodeos, con los papeles desparramados sobre la mesa—. La fiscalía tiene pruebas. Transferencias a nombre de su madre. Correos. Testigos. La bigamia es el menor de sus problemas.
Dimitri no respondió. Miraba la pared.
—Lo mejor que puede hacer es aceptar los cargos. Colaborar. Reducir la condena