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Entramos al apartamento con las llaves chocando en la cerradura y la respiración de
Damián pegada a mi cuello. Apenas la puerta se cerró con un golpe sordo, sus manos cayeron sobre mis caderas con una urgencia brutal, acortando cualquier distancia. —Pensé que no llegaríamos —murmuró contra mi boca, empujándome hacia la sala. —Tú fuiste el que tardó diez minutos devolviendo la llamada en el restaurante —le respondí, enredando mis dedos en su cabello mientras abría las piernas para dejarlo acercarse. No hubo paciencia ni rodeos. Me levantó de un tirón y caímos sobre el mueble de la sala. Los botones de mi blusa salieron volando en un chasquido ahogado por sus besos. Damián me sostuvo de los muslos, acomodándome contra los cojines mientras se desabrochaba el cinturón sin romper el contacto visual, posesivo, marcando un ritmo que me dejó sin aire. —Damián... —alcancé a decir, clavando las uñas en sus hombros. —Callada, Camila —susurró contra mi oído. Tomándome firme de la cintura, se movió con una cadencia pesada que retumbaba en mis oídos. Era la misma dinámica de siempre: rápida, hambrienta, como si el tiempo se nos estuviera acabando. Cuando finalmente nos trasladamos a las sábanas de su cama, el espacio olió a sudor, perfume caro y a la costumbre de un año entero. Terminamos agotados, entrelazados en el centro del colchón, con su brazo pesado cruzando mi vientre como si fuera un cerrojo. La luz de la mañana se filtraba entre las cortinas cuando abrí los ojos. Durante unos segundos permanecí inmóvil, todavía atrapada en esa deliciosa sensación de haber despertado entre los brazos de Damián. Él estaba a mi lado, apoyado contra el cabecero, observándome con esa sonrisa que siempre conseguía hacerme olvidar cualquier pensamiento sensato. —¿Qué miras? —pregunté, escondiendo una sonrisa mientras me acomodaba las sábanas. —A ti —respondió sin apartar la mirada, recorriendo mi rostro con lentitud. —Qué cursi. —Y aun así te gusta —murmuró, inclinándose hacia mí. Me acerqué para besarlo y él me recibió entre sus brazos. El beso fue lento, íntimo, como si ninguno de los dos tuviera prisa por abandonar aquella cama. Después de un rato, se apartó y buscó su reloj sobre la mesa de noche. —Esta noche estás libre —dijo, revisando la hora antes de fijar los ojos en mí. Fruncí el ceño, apoyando el mentón en su pecho. —¿Eso es una pregunta? —Es una invitación. —Se incorporó en la cama y tomó su camisa de la silla—. Voy a llevarte a cenar. —¿A cenar? —Sí. Quiero que te pongas hermosa. Lo miré con una sonrisa que no pude contener, ajustando la almohada detrás de mí. —¿Más hermosa de lo normal? Damián soltó una risa baja. —No tientes a mi ego. Se inclinó sobre mí, me dio un beso corto en los labios y se levantó de la cama. —Te veo esta noche. —Damián… —lo llamé, deteniéndolo justo antes de que avanzara hacia el baño. Se volvió hacia mí desde la puerta, sujetando el picaporte. —¿Sí? —Nada —respondí, dejando escapar una pequeña sonrisa. Él sonrió de lado y desapareció en el baño. Me quedé unos segundos mirando la puerta cerrada. Una cena. Que me pusiera hermosa. Su forma de mirarme aquella mañana. Algo estaba pasando. Y, por primera vez en mucho tiempo, me permití pensar que quizá aquella noche sería diferente. Me levanté de la cama y comencé a recoger nuestra ropa del suelo. La habitación era un desastre después de la noche que habíamos compartido, con mi vestido tirado cerca del mueble y la camisa de Damián junto a la entrada. Tomé su saco para dejarlo sobre la silla. Al levantarlo, un objeto pesado cayó del bolsillo interior al suelo con un golpe sordo. Una pequeña caja de terciopelo. Me quedé inmóvil, con el saco cayendo de mis manos. Mi corazón dio un vuelco violento. Me agaché lentamente y la recogí con los dedos temblorosos. La observé durante unos segundos, incapaz de apartar los ojos del brillo suave de la tela. Una caja así solo podía significar una cosa. O, al menos, eso quise creer. Sonreí, sintiendo un nudo de emoción apretándome la garganta. No debía abrirla. Sabía perfectamente que no debía hacerlo. Pero tampoco necesitaba hacerlo para entender. La acaricié con la yema del pulgar antes de colocarla nuevamente dentro del saco, exactamente donde la había encontrado. Cuando escuché el agua de la ducha detenerse, regresé rápidamente a mi lado de la cama, acomodándome de prisa. No iba a arruinar la sorpresa. Esta noche. Esta noche descubriría si, después de todo aquel tiempo, Damián finalmente había decidido convertirme en su esposa. Pasé la tarde arreglándome con un esmero casi obsesivo. Elegí un vestido de seda ceñido al cuerpo, me peiné con cuidado y sonreí frente al espejo, imaginando el momento en que me pediría ser su esposa. A las ocho, me esperaba en una mesa reservada en el restaurante más exclusivo de la ciudad. Entre copas de vino y platos exquisitos, la velada fluía con una intimidad perfecta. Cuando terminamos el postre, él guardó silencio, metió la mano en su saco y sacó la pequeña caja de terciopelo, colocándola en el centro de la mesa. —Tengo algo para ti —dijo con voz suave. El corazón me dio un vuelco brutal. Llegó el momento. Sonreí, sintiendo el impulso de decir que sí antes de que hablara, convencida de que ahí dentro me esperaba el anillo de compromiso que tanto había soñado. —Abre la caja —murmuró. Con las manos temblando de emoción, levanté la tapa lentamente. La sonrisa se me congeló de golpe en los labios. Sobre el fondo de seda destellaban dos aretes de diamantes. Bellos, impecables, carísimos... y vacíos de todo lo que yo esperaba. La decepción me atravesó el pecho como un corte limpio, ahogándome la respiración mientras me quedaba paralizada mirando las joyas. Notó de inmediato la sombra que cubrió mi rostro. Se acomodó en su silla, observando mi reacción con una calma práctica que me heló la sangre. —Si no son de tu agrado, te puedo dar la factura para que vayas a la joyería y los cambies por otra cosa —dijo con total frescura, dando un sorbo a su copa de vino. El contraste entre mi ilusión y su frialdad me golpeó de lleno. La caja de terciopelo pesaba en mi mano como un trozo de plomo. Sin decir una sola palabra, cerré la tapa de un golpe seco, guardé la caja en mi bolso y me puse de pie. Damián me siguió en silencio tras dejar la tarjeta sobre la mesa, desconcertado por mi reacción. Al salir del restaurante, el valet aparcó su auto frente a la entrada. Me abrió la puerta del copiloto, dando por sentado que terminaríamos la noche en su apartamento, como de costumbre. —Lévame a mi casa —dije con la voz completamente plana, sin mirarlo a los ojos. Se congeló con la mano firme en la puerta del auto. Arqueó una ceja, buscando mi mirada para descifrar el muro helado que de pronto nos separaba. Dudó un segundo, apretando la mandíbula como si fuera a cuestionar mi petición, pero la rigidez en mi postura lo hizo desistir. Cerró la puerta, rodeó el auto y se acomodó al volante sin emitir palabra. El trayecto transcurrió en un silencio asfixiante. Minutos después, el vehículo se detuvo frente a mi edificio. No esperé a que se bajara. Abrí la puerta, pisé la acera e ingresé la mitad del cuerpo para mirarlo una última vez antes de cerrar. —Nos vemos mañana en la oficina —murmuré. Cerré de un golpe y caminé hacia la entrada sin girar la cabeza.






