Llegar a la semana treinta no se sintió como un logro, sino como una condena. Mis tobillos habían desaparecido, reemplazados por dos troncos hinchados que latían al ritmo de mi corazón, y sentía que una cuchilla oxidada me partía la espalda en dos.
—Tu presión está en 150 sobre 95, Aria —sentenció la doctora Martínez. Su calidez habitual había desaparecido, reemplazada por una frialdad profesional que me erizó la piel—. Hay proteínas en tu orina.
El aire en el consultorio se volvió pesado, casi