Había enfrentado juntas directivas hostiles y acuerdos de miles de millones, pero nada me preparó para verla caminar hacia mí.
El jardín en la azotea del Plaza estaba sumido en un silencio reverente. Mis manos temblaban mientras Aria avanzaba, del brazo de su padre. El vestido de seda marfil fluía sobre su vientre de siete meses como una caricia, y las pequeñas perlas del corpiño brillaban bajo la luz del atardecer neoyorquino.
No era solo una novia; era mi salvación.
—Te lo encargo, Noah —dijo