Marcus organizó la fiesta. Fue su idea, su plan y su intento de redención definitiva.
—Nada de clubes —prometió Marcus al recogerme en la limusina—. Nada de purpurina ni de malas decisiones.
Cumplió su palabra. Estábamos en un salón privado de Keens Steakhouse, rodeados por el aroma de carne madurada, humo de leña y whisky caro. Solo estábamos nosotros: Marcus, James, mis antiguos compañeros de universidad y yo.
—Por el novio —dijo Marcus, alzando un vaso de cristal—. El hombre que logró conver