La noche antes de enfrentar a mi familia, Noah me llevó a la terraza privada de su penthouse.
Hacía frío. Mañana era la cena oficial. Mañana, mi mundo iba a explotar.
—Estás temblando —dijo Noah. Se quitó su chaqueta y me la puso sobre los hombros. Luego me abrazó por la espalda.
—No tengo frío —admití—. Estoy aterrorizada.
—Lo sé. Por eso estamos aquí arriba. Sin teléfonos. Sin reuniones de estrategia. Solo nosotros dos.
Caminamos hacia un sofá exterior. Noah había pedido sándwiches de queso,